El ascenso global de la ultraderecha: una amenaza que se expande sin freno

 

El ascenso global de la ultraderecha: una amenaza que se expande sin freno

El mundo atraviesa un momento inquietante. En los últimos años, hemos sido testigos de un auge global de la extrema derecha que ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en una ola estructurada, estratégica y normalizada en muchos países. Lo que antes parecía una excepción, hoy se consolida como parte del paisaje político de gobiernos y parlamentos de todo el planeta.

Este ascenso no es espontáneo ni accidental. Tiene un precedente claro: Donald Trump. Su llegada al poder en Estados Unidos abrió la puerta a una nueva era de política basada en el odio, el miedo y la desinformación. El trumpismo no ha desaparecido con su derrota electoral: al contrario, se ha exportado y adaptado a distintas realidades nacionales. Cada país ha adoptado su propia versión de este modelo destructivo, ajustándolo a sus tensiones internas, a su historia y a sus enemigos internos fabricados.

En Europa, la situación es ya crítica. Italia ha caído en manos de la ultraderecha con Meloni; Hungría y Polonia llevan años aplicando políticas represivas bajo discursos de "orden" y "tradición"; Francia y Alemania sufren un crecimiento sostenido de fuerzas extremistas; y países nórdicos, otrora ejemplo de bienestar y apertura, comienzan a ver partidos radicales ocupar espacios de poder institucional. España no es ajena a esta deriva: muy al contrario, está avanzando rápidamente hacia ella.

El crecimiento de VOX no ha sido una anécdota, sino el síntoma de un cambio profundo. Su influencia en el discurso público es evidente: ha desplazado el centro ideológico, ha condicionado las decisiones del Partido Popular y ha deshumanizado sistemáticamente a colectivos vulnerables, como las personas migrantes, el feminismo, el colectivo LGTBI+ o los independentistas. La impunidad con la que se lanzan mensajes de odio desde medios de comunicación y plataformas sociales es tan alarmante como reveladora.

Pero más allá del Congreso, la ultraderecha ya gobierna a nivel local y autonómico. Lo ocurrido en Torre-Pacheco (Murcia), Badalona con Xavier García Albiol, o en pueblos de Castilla y Andalucía, evidencia que los frenos institucionales están desapareciendo. Los discursos de odio ya no son marginales: ahora se aplican como políticas de gobierno. Se eliminan subvenciones, se criminalizan culturas, se reescribe la historia, y se persigue a los “diferentes” bajo un barniz de legalidad democrática.

Catalunya no escapa a este fenómeno. Paradójicamente, en una tierra históricamente asociada con el progresismo y los derechos civiles, ha emergido Aliança Catalana, una formación que combina un discurso secesionista con un racismo descarado, islamofobia abierta y políticas de odio calcadas del trumpismo. Han logrado capitalizar parte del voto independentista sembrando la idea de que el enemigo no es el Estado español, sino las personas migrantes y el multiculturalismo. Esto representa un giro extremadamente peligroso: se está fracturando la base progresista del independentismo, infiltrando en ella el veneno de la ultraderecha.

Y lo más grave: estas formaciones actúan con total impunidad. No hay mecanismos eficaces para detener su avance. No se ha hecho casi nada para contrarrestar su discurso desde las instituciones. Las redes sociales continúan amplificándolos. Los medios de comunicación, en su obsesión por el “equilibrio informativo”, los legitiman. Y las fuerzas democráticas, desorganizadas o temerosas de perder votos, han renunciado muchas veces a enfrentarlos de forma clara.

Cada país adapta la estrategia de Trump a su contexto. Pero el guion es el mismo: buscar un chivo expiatorio, atacar la diversidad, desmantelar el Estado de bienestar, desinformar masivamente y polarizar a la sociedad hasta el colapso. Es una receta conocida, y sin embargo seguimos viéndola triunfar una y otra vez.

Hoy, la extrema derecha ya no necesita asaltar el poder: se le abre la puerta desde dentro del sistema. El peligro ya no está viniendo: está aquí, y avanza. Lo hace disfrazado de democracia, de sentido común, de patriotismo o de “recuperar valores”. Y si no se actúa pronto y con determinación, el futuro será cada vez más oscuro para quienes defienden la justicia social, la libertad, la diversidad y la convivencia.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Atavismo Cultural Español: Raíces, Continuidades y su Vulnerabilidad Estratégica en el Siglo XXI

Cómo generar ruido digital para distraer a agencias como el FBI y la CIA: una guía básica y ampliada

Cuándo actuar: el dilema ético de intervenir contra personas que ocultan su verdadera agenda